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05 enero 2009

La ranita esnobita

Denisse Navarro

La Ranita Esnobita cantaba en su estanque con mucha felicidad:
‑kerouac, kerouac, kerouac.
Pasaron seis días y siete noches y la Ranita Esnobita no dejaba de cantar:
‑kerouac, kerouac, kerouac.
Hasta que un buen día, después de croar y croar, gritó:
‑ ¡Me aborroughs, estoy artaud, ésta situación me enerval, pavese que es interminable!
Entonces la Ranita Esnobita se lanzó al estanque para terminar su sufrimiento de una vez por todas y ¡plath!– cayó ‑.

El puente y Las 29,220 páginas

Alfonso Montoya

El puente


Extiendes tu mano hacia mí como si fuera un puente. Creo en su estabilidad, en la destreza de su arquitecto, en su sempiterno desdén para con el río. Y me convenzo de que es seguro cruzar. Mientras, afuera en la calle, los niños dicen y cantan que el puente de Londres va a caer, se va a caer, mi bella dama.



Las 29,220 páginas

Existió en Arabia un terrible volumen con 29,220 páginas. Lo poseía una dinastía y lo heredaban al primogénito en su vigésimo cumpleaños. Al heredero se le hacía la advertencia de mirar una sola página por día y en estricto orden, es decir, sin omitir ninguna. Cumplida la costumbre, sultán y príncipe compartían el libro y el gobierno hasta la muerte del primero. En la portada, escritas con delicada caligrafía, estaban las únicas letras del ejemplar; hablaban de sabiduría y temple de espíritu; aunque nadie recuerda las palabras exactas. Cada página era un finísimo espejo. El último príncipe de la dinastía, ignorando las advertencias, abrió el libro por el final apenas lo hubo recibido. Se vio a si mismo enfermo y viejo; asustado, dejó resbalar entre sus manos el pesado volumen. Y el príncipe cayó muerto en el momento en que las páginas se estrellaban contra el suelo del palacio.

Juego de ninfa

Denisse Navarro

Dafne, disfrazada de sol, llegó con toda su furia sobre la espalda de Apolo cuando leía el olor de las magnolias; cuando aplastaba con los dedos las dulces jacarandas sólo para ver salir la leche de sus senos maternales.
El sol vino a posarse furtivamente sobre las hojas blancas y con sus rayos encendió el papel, en los ojos de Apolo aparecieron monstruos verdes y rojos que reptaban en las ramas grises, sobre su tronco de mármol y quiso tomarlos, quiso estrangularlos para que ella no le robara su noche, para estar obscuramente solo.
Dafne, con sus raíces de carne, multiplicaba con ahínco aquellos seres amorfos verdicrueles rojinmundos que lo cegaban y ya Apolo no pudo escapar y ya tuvo que encender su espalda, carbonizar su garganta para que ninguna cabeza brillante lo fuese a perseguir.

Juego entretejido

Carlos Chávez

Los caminos llegan convertidos en mariposas que rápidamente se disipan con el juego de los ojos: para hacer más exactos esa cotidiana y misteriosa contrición de ósculos, recordemos a la pareja acostada, uno sobre el otro, en aquel prado que permanece fresco en la memoria, sin reparo en que el pasto es de fibra de algodón o poliéster, que no era cama sino hamaca y esas nimiedades que sirven para agrandar o confortar el ritmo envolvente en vilo de besos, vahos, y brisas viscerales. Entonces aún diferenciamos dos figuras cuyas líneas ya vacilan, en uno de los rostros se hunden dos pozos profundos, ávidos de formas, ciegos de luz, caminan en arañas engendradas desde la primera mirada; han logrado tejer un letargo transparente de visiones: allá el buró, la pared, varios cuadros y uno no tan hondo que muestra los demás edificios donde otros pozos esperan por igual el regreso de las arañas en acecho pasivo de alguna ingenua mosca… más aquí ya se asoma una juguetona, se detiene y vuelve a emprender el vuelo; ha logrado escapar, pero de forma diferente atisbó con curiosidad el entramado de la telaraña, la madriguera permanece dócil, expectante de la inminencia que las fuerzas exteriores han logrado empujar: quizá fueron un bomboncito de palabras, talvez suculentas carnes puestas a dorar, acaso sólo fue una brizna que la empujo hasta el corredor y de ahí al cuarto y luego no más que esperar. La telaraña dibuja el camino del coleóptero cuando se estremece algún hilo y hace danzar con un brillo el camino de piel desnuda y sebosa. Ya se tiene, sólo falta la exacta decisión, imperativo hormonal, de volverse a posar. Cuando lo hace, la araña repta con extrema velocidad alcanzando a la mosca hipnotizada por detrás, se engulle con facilidad, cumpliendo el expreso deseo de la mosca firmado con un acuerdo tácito al momento de su muerte; no podemos negar que sabía de la araña corriendo a toda furia, que sintió los meneos de la telaraña con raro regocijo, inclusive que vio en aquel pozo pulido de espejo su figura trémula que exudaba confortable miedo. Ante la cruda visión de supervivencia, al ojo no le queda sino cerrarse por instantes, en un parpadeo monótono y olvidarlo todo degustando paciente la misma telaraña.