05 enero 2009

El puente y Las 29,220 páginas

Alfonso Montoya

El puente


Extiendes tu mano hacia mí como si fuera un puente. Creo en su estabilidad, en la destreza de su arquitecto, en su sempiterno desdén para con el río. Y me convenzo de que es seguro cruzar. Mientras, afuera en la calle, los niños dicen y cantan que el puente de Londres va a caer, se va a caer, mi bella dama.



Las 29,220 páginas

Existió en Arabia un terrible volumen con 29,220 páginas. Lo poseía una dinastía y lo heredaban al primogénito en su vigésimo cumpleaños. Al heredero se le hacía la advertencia de mirar una sola página por día y en estricto orden, es decir, sin omitir ninguna. Cumplida la costumbre, sultán y príncipe compartían el libro y el gobierno hasta la muerte del primero. En la portada, escritas con delicada caligrafía, estaban las únicas letras del ejemplar; hablaban de sabiduría y temple de espíritu; aunque nadie recuerda las palabras exactas. Cada página era un finísimo espejo. El último príncipe de la dinastía, ignorando las advertencias, abrió el libro por el final apenas lo hubo recibido. Se vio a si mismo enfermo y viejo; asustado, dejó resbalar entre sus manos el pesado volumen. Y el príncipe cayó muerto en el momento en que las páginas se estrellaban contra el suelo del palacio.

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